Así como el arado remueve el suelo para preparar la siembra, la terapia puede propiciar un terreno fértil para abrir esperanza.
Las historias de vida y la identidad no se construyen de la nada. La narración, es el vehículo que permite desentrañar lo que no se percibe como presente, como visto. Entonces, los terapeutas están llamados a perder el miedo a preguntar, a desentrañar; y quienes consultan, necesitan atreverse a mirar. No es fácil, porque muchas veces el miedo atrapa.
Se debe generar un espacio de confianza para que los consultantes pierdan el miedo y puedan lanzarse a un descubrimiento nuevo.
El miedo desgasta, agobia. También se proyecta en la emoción de la rabia, de la culpa, de la impotencia, entre muchas otras. Simultáneamente, se responsabiliza a los otros de las causas de las propias dificultades.
Durante el transcurso de la terapia hay que propiciar tensión y disfrute. La tensión proviene del proceso de crecimiento personal; para crecer es necesario dar un salto, desafiarse a algo distinto, porque es ahí, donde comienza el disfrute. Es en ese desplazamiento que surge, el mirar lo mismo, de una forma diferente.
Lo nuevo se anuncia así, soltando, de lo contrario se permanece en un “más de lo mismo”.
En cada pregunta, se puede esconder la respuesta, que puede llevar a iluminar lo que no ha sido visto. Aquello que ha estado en el interior, sin manifestarse y que desde ese espacio oscuro gobierna como síntoma: ansiedad, depresión, adicción.
Entonces, eso oculto, se devela cuando en el conversar, una frase, una pregunta, hacen de interruptor, abriendo el paso de energía que lleva luz.
El bienestar emocional se edifica con voluntad, a veces, somos nosotros mismos el obstáculo para no tomar la ruta que queremos. Pensamos que no podemos. Ahí la apuesta para pedir ayuda e ir en confianza hacia la liberación de los temores.
La desesperanza es una emoción que puede ir atrapando lentamente, socavando una ruta que puede tener un difícil retorno, entonces, como comunidad tenemos un rol significativo. Estar atento para decir, veo que algo no anda bien, te veo cansado/a, necesitas ayuda.
Abrir esperanza es llevar luz para descorrer los miedos ocultos y poder vivir con la abundancia de un sí mismo más sano.
Paralelamente, en este mes de diciembre, llegan de la mano las celebraciones alegres, a veces, con los dolores de ausencia: los regalos que no se compartirán, los abrazos que no se recibirán.
Las distancias por duelos, por desavenencias, por trabajo, por enfermedades provocan sufrimiento en el ser humano, entonces, desde otra perspectiva, podemos ofrecer cariño, amistad, saludos; diferentes elementos que se hermanen con el espíritu abrazador de que el presente vale la pena vivirlo y con cariño, mucho mejor. Las fiestas de diciembre nos interpelan a todos a ser abridores de esperanza.
Despleguemos nuestra creatividad para abrir puertas de amor encendiendo luces en corazones afligidos, cansados o abrumados de soledad.
Fabiola Hott, terapeuta familiar