La obsesión por aprovechar al máximo el tiempo y no detenernos, pareciera tener mejor reputación que el ocio, que con frecuencia, no goza de muy buena fama.
Esta reflexión se plantea justo ahora cuando los estudiantes entran en su período de vacaciones y muchas familias destinan este tiempo para salir juntos o quedarse en casa. El tiempo libre comienza a abundar y lo que en un principio se disfruta, puede empezar a agobiar. Surgen las demandas por el “qué hacer” y muchos padres repletan de actividades a sus hijos para evitar el tiempo de la nada. Que no exista tiempo para aburrirse, asoma como una consigna muy bien valorada. Las redes sociales y el espacio virtual aparecen como posibilidades de entretenimiento, pero también asustan. Solo unos pocos minutos, luego horas y tardes que se ensanchan ocupando ese tiempo sobrante.
Se cumple con los quehaceres de la casa y el ocio emerge como amenaza. Parece conveniente reconciliarse con el aburrimiento que desafía la impotencia del tiempo libre. ¿Qué puedo hacer? Y en ese nada que atemoriza o desgana existe la posibilidad de encontrar, sin un objetivo previo, una anchura de posibilidades.
Volver a lo simple, a callejear sin rumbo, a mirar lo cotidiano de un modo distinto. Mirar nuestro entorno, las puertas y ventanas que se nos abren, la música y los jardines que asombran con sus detalles. Flores coloridas que son verano, calles con olor a cemento, cuestas que llevan al mar, a la costanera y hasta Angelmó.
Resulta incómodo dar directrices, porque justamente, se trata de lo contrario, de permitir que surja algo nuevo; aún así, parece necesario realizar un entramado de posibilidades.
El pincel, el lápiz, la acuarela. Los sonidos, de cerca, de lejos, de muy lejos…jugar con la imaginación. ¿Qué es lo que escucho? La lluvia que sorprende, que moja, que inunda. El sol que a veces entra por la ventana y deja siluetas, otras, espacio para siestas abrigadoras. La bandada y el único pájaro. Buscar su nombre, su fisonomía. Quizás es el fío o el chucao. La intemperie basta por sí misma. Huele, suena, interpela.
El candado con su llave, la fascinación de los más pequeños. Amarrar o desatar cordones. Abrochar un botón, o suelto colocarle un hilo. Que suene.
El disfrute de la luz de la penumbra. Las siluetas, los colores. Adivinanzas y trabalenguas, instalados en la nada. Riendo con lo dicho. Contar chistes.
Escuchar historias, compartir relatos. ¿Te cuento que hacía yo cuando estaba aburrido? Cuéntame. Leía, o me quedaba en la nada y siempre descubría algo nuevo.
Es valioso enseñar a aburrirse, a dar tiempo para aquello. Es parte de la formación de la construcción del sí mismo. Dejar la oportunidad para la creatividad, la resolución, el aprendizaje espontáneo, la autoconfianza y vencer la frustración.
Desafiemos al tiempo libre.
Fabiola Hott, Terapeuta Familiar CETESFAM, Puerto Montt.