La violencia es una experiencia que aparece en muy alto porcentaje y afecta de forma transversal a todos los sectores y estratos de la sociedad. En algunos de éstos se disimula, se encubre, en otros hasta se normaliza. En la mayoría de las experiencias de violencia, las víctimas son niños, los principales agentes son sus familias y nosotros, como sociedad, cómplices pasivos que guardamos silencio y continuamos propagando esta pandemia social.
El maltrato, en todas sus expresiones, y, por supuesto, el abuso sexual, es un evento extremadamente disruptivo (quizás el más doloroso y por ello invisibilizado), que puede producir daño y/o alteraciones en el desarrollo normal de un niño y causar consecuencias irreparables en la vida adulta. No solamente hablamos de salud mental, sino de quiebres en todas las dimensiones de esa vida: daños anímicos, físicos, biológicos, fisiológicos, neurológicos, cognitivos y sociales.
Tal como ocurre con otras vivencias desgarradoras, el abuso sexual se oculta; quizás amparado, la mayoría de las veces, por sus marcas invisibles. Son ecos sordos que fragmentan la vida del niño, con potencial de retumbar hacia otras generaciones dentro de una familia. Esto no solo por el hecho de que un niño que ha recibido algún tipo de abuso puede condicionar su conducta agresiva con otros a futuro, sino también porque los abusos comúnmente son cometidos por personas del círculo íntimo de la familia.
Cortar esta espiral se vuelve una tarea inmensa para el niño, no solo por el desconocimiento y perplejidad del abuso que se realiza contra él, sino también por la seducción perversa que un adulto ejecuta para confundir a su víctima, muchas veces atribuyéndole a él la responsabilidad y la culpa. El silencio, la carga y el dolor son los únicos elementos que de seguro le quedan, puesto que la protección y seguridad que debe sentir para desarrollar todo su potencial, se desvanecen, quedando a la deriva.
Como sociedad debemos dejar de ser cómplices silenciosos, interrumpir con fuerza la espiral, convertirnos en garantes de protección y abrigo, donde los niños puedan hilar nuevamente sus propias palabras y acompañarlos para reducir los severos daños que ocasiona esta terrible pandemia, la violencia.
Fernando Romero, Psicólogo clínico.