El valor de habitar el proceso: practicar la incomodidad

En nuestra sociedad actual, orientada a la búsqueda de gratificación inmediata y al alivio rápido del malestar, la evitación de este se ha transformado en una norma cultural. Desde lo que plantea la psicología contemporánea, este trabajo constante por eludir cualquier indicio de sufrimiento o frustración es lo que, paradójicamente, cronifica el sufrimiento, a la vez que limita nuestro crecimiento personal. Ante esto, surge la idea de lo que podría resultar desafiante, pero profundamente liberador: la práctica consciente de la incomodidad. Esto no refiere a buscar padecer de forma deliberada, sino que trata de desarrollar la capacidad de sostener y habitar aquellas situaciones cotidianas que nos resultan difíciles, desagradables o inciertas, reconociéndolas como parte inevitable de nuestras vidas.

Nuestra región es un buen ejemplo de esta práctica, ya que con su geografía y condiciones climáticas nos enfrenta de manera regular a la incomodidad: temporales que alteran los trayectos diarios, el frío que nos obliga a abrigarnos, o la paciencia que requiere habitar la lentitud de los días de lluvia en casa. Estas situaciones se convierten en escenarios naturales de aprendizaje. Sin embargo, el ritmo de la vida nos empuja a buscar las formas más rápidas de anestesiar el malestar, como el consumo excesivo, el scroll infinito en redes sociales o la resistencia frente a aquello que se encuentra fuera de nuestro control.

Cuando evitamos sistemáticamente la incomodidad, ya sea el aburrimiento, las conversaciones difíciles, o la tristeza, perdemos la oportunidad de desarrollar flexibilidad cognitiva y resiliencia. Esta evitación constante interrumpe el proceso de adaptación y nos vuelve más vulnerables ante las dificultades de la vida, ya que no desarrollamos las herramientas necesarias para hacerles frente. Abrirnos a la práctica conciente de la incomodidad implica generar un espacio de aceptación hacia nuestra experiencia interna. Significa aprender a respirar en medio del malestar, sin reaccionar impulsivamente para eliminar esa sensación, validando que las emociones que experimentamos en esos momentos cumplen una función y tienen un carácter transitorio. Es este proceso el que fortalece nuestra capacidad de adaptación y nos ayuda a desarrollar una mayor resilencia.  

Esta practica no solo sirve a nivel personal, sino que fomenta la construcción de espacios más auténticos en el ámbito familiar y social. Permite que podamos acompañar de mejor manera los procesos de nuestros cercanos, respetando los tiempos que necesitan para procesar sus experiencias, sin la urgencia de “arreglar” al otro o descartar lo que le puede estar pasando porque nos incomoda hacerle frente al dolor ajeno.

Al abrazar la incomodidad como una dimensión natural de la vida, transformamos las dificultades del entorno en posibilidades de autoconocimiento. Logramos aprender que somos capaces de sostener el frío y la incertidumbre, fortaleciendo nuestra salud mental.

Gabriela Soto Pacheco,  Psicóloga clínica  CETESFAM, Puerto Montt. 

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