La adicción es una larga enfermedad, es la enfermedad de la voluntad. Es el hábito de querer dejarse dominar. Se consume, a pesar de la conciencia del daño. Silenciosamente ocurre un destronamiento de la persona, como si el lacayo reemplazara al rey. Se pierde la libertad. Y la voluntad queda dividida, preguntándose: ¿cómo llegué a esto? Y detrás, de fondo, la conciencia moral que susurra en voz baja. Pareciera que es mejor volver a enmudecerla. Desaparece la culpa. El consumo continúa. Y entra el placer de lo inmediato, se postergan los propósitos, las metas, y en algunos casos, los días de abstinencia se tarjan, se vuelve a cero. Desaparece la tristeza, la inseguridad, el aburrimiento. La frustración, la impotencia, el miedo. Se alejan ilusoriamente. Se despierta, se vuelve a lo real y el problema es cada vez mayor. La culpa, la pérdida y la falta de valía arrecia como una marejada llevándoselo todo.
Gobernados por la avidez del efecto de una sustancia, la voluntad cada vez se aleja más de la sintonía con la propia persona. La libertad es el eje central, obliga a decidir. Entonces, ¿cómo prevenir?: más vida a la vida. Más sentido. Menos maniobras evasivas.
Factores de riesgo individuales, familiares y sociales entran en juego frente a las direcciones que se van tomando. Así como la pandemia también se ha convertido en un factor de riesgo, hay múltiples causas que nos pueden llevar a un consumo silencioso, que de pronto, se convierte en enfermedad.
Es necesario construir alternativas de salida, puentes que conecten haciendo andamiaje, que sostengan la vulnerabilidad con esperanza y posibilidades. Lo primero es estar conscientes de la dificultad o enfermedad; enfocarse en nuevos valores, reconocer los factores de riesgo para estar atentos, propiciar la búsqueda de recursos protectores. Pedir ayuda, consultar. La mayor fortaleza es reconocer la debilidad.
El desafío es avanzar como conductor, que el carruaje se dirija hacia un destino con sentido y valores, conectando emociones y habilidades cognitivas para poder llegar a la explanada de la libertad donde la voluntad propia sea el mayor tesoro que cuidar.
Fabiola Hott, Terapeuta Familiar CETESFAM, Puerto Montt.