El invierno ha llegado. Las aves han emigrado a lugares más cálidos y las hojas caídas de los árboles darán paso a nuevos brotes en la próxima primavera.
El invierno es mucho más que un descenso de la temperatura. Es un tiempo de calma y recogimiento que nos invita a volver la mirada hacia adentro. En estos días lentos emergen los pequeños placeres: el calor de un mate entre las manos amigas, una comida compartida, largas conversaciones al abrigo del fuego, que no solo nos calientan el cuerpo, sino también el alma. Se abre un espacio íntimo para la reflexión. Surge la pregunta:¿en qué estamos?, ¿cómo nos sentimos?, ¿hacia dónde queremos ir? También es preparación: una antesala serena para nuevos comienzos y la esperanza de volver a caminar con propósito.
Así como los árboles reposan y se despojan de sus hojas, también nosotros necesitamos despojarnos de lo caduco, detenernos para poder observar lo esencial y preguntarnos ¿qué quiero conservar?, ¿qué necesito soltar? No todo requiere prisa, el invierno nos enseña a esperar el momento apropiado, tener confianza en los procesos. Sabemos que los brotes están bajo tierra y que pronto asomarán con energía. Desde esa mirada tener la esperanza que podemos hacer frente a nuevos proyectos o terminar los que dejamos inconclusos.
Las tradiciones familiares en invierno se hacen más presentes conectándonos con nuestras raíces. La memoria se activa, el pasado y el presente se abrazan. Se comparten y se preparan recetas antiguas donde recordamos nuestra historia. Cómo no evocar alguna tía o abuela que nos agasajaba con algún kuchen o un milcao y nos deleitaba al calor del fuego con una entretenida conversación para pasar esas horas de lluvia y salir de la rutina. Nuestras tejedoras, las de antes y las de ahora, se afanan. Su labor, tan silenciosa se vuelve esencial, ovillan, como si el frío no pudiera esperar. No es solo lana la que entrelazan entre los dedos, es dedicación y cariño.
El invierno, sin decir una palabra, nos ofrece ese silencio fértil donde agradecer se vuelve un acto natural. Se expresa con fuerza en los gestos cotidianos: agradecer el techo que nos cobija, el alimento que nutre, la conversación sincera que nos reconecta, y los lazos, familiares o de amistad, que nos sostienen. Agradecer el invierno significa aceptar que no todo florece que también hay pausas y recogimiento, como decía Pablo Neruda “El invierno es una aguada pausa que la tierra se toma para volver a florecer”.
Este invierno ha llegado con fuerza al Sur de Chile. El 30 de junio la cuidad de Puerto Montt experimentó el frío más profundo en más de seis décadas. Las bajas temperaturas son parte del paisaje de nuestra zona, están impresas en la forma en que se comparte y se vive el invierno con amigos, en familia o en comunidad.
Marcela Avila, Terapeuta Familiar CETESFAM, Puerto Montt