Albergar habitantes, albergar gratitud

Puerto Montt está de fiesta, febrero es su mes de aniversario. Una pequeña villa que comenzó a poblarse y poco a poco fue construyendo su propia fisonomía.

La celebración que se realizará durante este mes es un rito donde se recordará sus 171 años de historia que no sólo define su pasado, sino también da forma a su presente. Desde los Astilleros de Melipulli, un activo centro maderero, a la ciudad moderna, donde sus habitantes, con esfuerzo mancomunado fueron ejerciendo la condición de miembros de esta comunidad.

Las festividades invocan al disfrute, a la alegría y a contagiar entusiasmo. Participar de ellas aumenta el concepto de membresía, pues si hubo fundadores, forjadores de gestas, hoy día hay enhebradores de presente. Cada habitante contribuye con su aporte personal a un sentimiento de pertenencia colectiva que se actualiza por medio de estos ritos. Como la ciudad ha ido albergando habitantes, también es conveniente albergar gratitud. La gratitud tiene como refugio la mirada. Es ahí, en el contemplar, en el detenerse, donde surge la observación profunda de lo que esta ciudad ha regalado y regala a sus habitantes.

Puede ser su inmenso mar, su punto de conexión con las islas, su paisaje, su puerto, sus mariscos y pescados, su artesanía, su posibilidad de trabajo, de realización personal o de construir familia. O, aspectos más tenues: el olor a mar, caminar por su costanera, su música y su poesía. Lo relevante es volver a la gratitud bajo cualquier aspecto significativo. El acto de agradecer se ejercita y es fundamental hacerlo en relación a la propia vida. Implica distinguir lo que se aprecia y valora en otras personas y el acto de reconocer juega un papel importante en el bienestar emocional. Acercarse a la emoción de la gratitud vincula con el autoconocimiento, entrega herramientas para la autogestión, desde una mayor satisfacción de vida, un mayor optimismo, mejores relaciones sociales y un sentimiento de felicidad más duradero.

Agradecer implica abrir esperanza y empaparse de optimismo. Fortalece para que tengan menos espacio emociones negativas como el pesimismo, la envidia y la insatisfacción.

Que este rito de celebración, junto a su espíritu de alegría y disfrute, que tanto contribuye a la salud mental de sus congregados, como pilar de bienestar, imprima un sello particular de gratitud como fuerza de energía poderosa. La invitación es a seguir cultivándola hasta que se haga parte de cada uno, día a día, en la apreciación del sonido de la lluvia, de una imagen en una esquina, en un cerco con musgo, en el resplandor de la amanecida o en el recogimiento del atardecer, en el saludo del vecino, en la sonrisa de un niño jugando o en un cadillo que quedó atrapado en el calcetín. En estos tiempos centrados en la inmediatez, es bueno desafiarse a la contemplación y llenar el cesto con un gracias, una y otra vez.

Fabiola Hott